Sólo cuando llega la noche, de algún modo siento,
no una alegría, sino un reposo que se siente contento...
Qué es lo que me tortura?...
No se...
Yo soy un loco que extraña su propia alma...
Fui amado en efigie en un país más allá de los sueños...
Mañana, también yo seré el que dejó de pasar por estas calles,
el que otros vagamente evocarán con un "qué será de él?".
Y todo quanto hago, todo quanto siento, todo quanto vivo,
no será más que un transeúnte menos
en la cotidianeidad de las calles de una ciudad cualquiera.
No he dormido. Me pesan los párpados en los pies arrastrados.
Tengo sueño, mucho sueño, todo el sueño...
A intervalos algo me supera,
la absurda diferencia que corre
entre la muerte y la quimera
del latir del corazón.
Sé que el día va a ser para mí pesado como no entender nada.
Sé que todo quanto haga hoy va a participar,
no del cansancio del sueño que no he disfrutado,
sino del insomnio que he padecido.
Una nada con respiración por fuera,
una muerte, de la que se despierta con añoranza,
un ceder de los tejidos del alma al ropaje del olvido.

Son siempre cataclismos del cosmos
las grandes angustias de nuestra alma.
Cuando nos llegan,
en torno a nosotros se extravía el sol
y se perturban las estrellas.
El alma humana es una víctima tan inevitable del dolor,
que sufre el dolor de la sorpresa dolorosa,
incluso con lo que debía esperar.
un tan inexplicable exceso de angustia absurda,
un dolor tan desolado,
tan huérfano...
Un regazo para llorar, al lado de cualquier fuego...
poder llorar allí cosas impensables,
faltas que no se cuales son, ternuras de cosas inexistentes...
una infancia nueva, una cama pequeña dónde acabe por dormirme,
entre cuentos que arrullan, mal oídos,
con una atención que se pone tibia...

El corazón me duele como un cuerpo extraño.
Mi cerebro duerme todo cuanto siento.
Es el otoño, el que hay o el que va a haber,
y el cansancio anticipado de todos los gestos,
la desilusión anticipada de todos los sueños.
No conozco cosa mayor, ni más propia del hombre,
que el análisis paciente de la inconsciencia de nuestras conciencias,
la metafísica de las sombras autónomas,
la poesía del crepúsculo de la desilusión.
todo muere en mí, incluso el saber que puedo soñar;
de ninguna manera física estoy bien;
todas las blanduras en que me reclino tienen aristas para mi alma,
todas las miradas hacia donde miro están tan a oscuras
de golpearlas esta luz empobrecida del día que se muere sin dolor.