Tristes de las almas humanas,
que ponen todo en orden,
que trazan líneas entre cosa y cosa,
que ponen letreros con nombres en los árboles absolutamente reales,
y dibujan paralelos de latitud y longitud
¡sobre la propia tierra inocente y más verde y florida que esto!

Ven noche silenciosa y extática,
ven a envolver en la noche con manto blanco
mi corazón...
Serenamente como una brisa en la leve tarde,
tranquilamente como un gesto materno que acaricia,
con las estrellas luciendo en tus manos
y la luna máscara misteriosa sobre tu rostro.
Seré siempre el que no nació para esto,
seré siempre sólo el que tenía cualidades;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie
de una pared sin puerta,
y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero,
y escuchó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
No tengo ninguna personalidad.
No puedo estar en ninguna parte.
Mi Patria es donde no estoy.
Déjenme ser una hoja de árbol,
sacudida por la brisa,
la polvareda de un camino, involuntario y solo,
el arroyo casual de las lluvias que se acaban,
el surco que hacen en los caminos
las ruedas mientras no vienen otras,
el trompo del muchacho que va a detenerse,
y oscila, con el mismo movimiento que tiene la tierra,
y se estremece, con el mismo movimiento que tiene el alma,
y cae, como caen los dioses, en el suelo del Destino.
Nada somos...
Un poco al sol y al aire nos retrasamos
de la irrespirable tiniebla que nos pesa
de la humilde tierra impuesta,
cadáveres aplazados que procrean.